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Salvador Saviola


Colón ganaba al tranco y su arquero se lucía en las pocas llegadas de River. Hasta que apareció el Pibito, empató, contagió al resto y le llevó algo de paz a Ramón.

Ramón Díaz, si le llegan a mostrar la salida de emergencia, ya tiene en mente la "amenaza" de su jugada en su partida de ajedrez con los dirigentes. También inició su política de seducción con los hinchas y con la prensa. Y hasta tiene preparado un informe estadístico que lo respalde en un posible bombardeo final. Pero en realidad, más allá de cualquier estrategia, parece que la principal carta que le podría salvar la vida es una sola: Javier Saviola, el 7 de oro. Es cierto que una derrota con Colón, en la última fecha y con el partido con Gimnasia LP asegurado, no hubiera echado mucha más sal de la que hay en las heridas de River. Igual, por las dudas, el Pibito, el más fiel a la causa del Pelado, saltó a la cancha, enchufó a sus compañeros, agradeció un regalito de Medero y empató el partido. Y por su entusiasmo hasta casi lo gana. El solo puso la casa de Ramón en orden. Hasta nuevo aviso.

Es curioso, cualquiera hubiera dejado que Saviola festejara el día del padre en casa, en familia, en vez de arriesgarlo en un partido sin compromiso. Sin embargo, el técnico, en contra de cualquier corriente lógica, lo mandó a escena. Y al final, con el resultado puesto, se fue con el orgullo intacto, seguro de haber hecho lo correcto. Si de fútbol se trata, más allá de los riesgos, el River de ayer necesitaba más que nunca de los 17 años de Saviola. A decir verdad, el River de hoy lo necesita aún más. El chiquitín, junto con Astrada, es el único ángel irreemplazable de un equipo que hace rato que se hizo terrenal a la fuerza. Porque más allá de las valoraciones técnicas, cualquiera de los otros cinco titulares (Ramos, Placente, Lombardi, Netto y Angel) que ayer descansaron, no aseguran el éxito. Ninguno se puede abstraer del clima pesado de Núñez. Tan evidente es el aire espeso que se respira, que ni siquiera se puede crear el marco adecuado para que un chico potable, como Enrique Mallea, pueda debutar con tranquilidad. Entonces, el River de ayer, con las mencionadas excepciones de Saviola y Astrada, no difiere mucho del River de hoy. Establecer las diferencias reales entre los dos River será tarea obligada para el jueves, en la búsqueda del consuelo del pase libre para la Libertadores del 2000.

El único privilegiado. En tan sólo media hora, Saviola pensó más que el resto en toda la tarde. Tuvo el panorama que le faltó a Aimar; la pausa que todavía no conoce el atleta-corredor-eléctrico-egoísta Cuevas; la profundidad que Mallea no trajo de la Reserva. Fue la compañía que elegirían sus compañeros si pudieran elegir. Y aunque tal vez no brilló como en otras tantas funciones, su presencia fue suficiente como para apagar el fueguito de Colón.

El dibujo desdibujado de River le pateó en contra. La idea era defenderse con tres, pero al principio, lo hizo con cinco: Martínez y Acosta, dos laterales, no entendían su "función" de volante por afuera. Entonces, el primer acto reflejo de los dos fue retroceder. Marcelo Gómez, en tanto, no hizo mucho para cambiar el concepto que tiene la gente y el técnico de él. Y Gancedo, esta vez, ni siquiera fue estético. Así, Colón, al tranco, hacía su juego. Con Marini cortando y limpiando, con Aquino apretando al límite y con Fuertes en el cuerpo a cuerpo, el equipo de Mántaras se ilusionó con el triunfo. En ese lapso, el gol de Fuertes (penal innecesario de Garcé a Córdoba) pareció el adelanto de una segura victoria. Pero Córdoba siguió entrando y saliendo del partido y Colón dejó que River se encendiera con Saviola.

Las pocas chances que generó River no se correspondieron con su buena actitud en el segundo tiempo. Encima que no había abundancia, el arquero Leo Díaz se cargó tres mano a mano. No hubiese sido extraño, pese a los arranques de Saviola, que Colón mantuviera el cero en su arco. Claro que Medero fue pura bondad y se la dejó servida a Saviolita, inteligente hasta para estar en el momento justo y en el lugar adecuado. Y en el día ideal, para regalarle a Ramón, su padre futbolístico, algo de paz.
 







 
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