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Ideal para tenerlo en la mesita de luz
Aunque pierde influencia si se tira muy atrás, Saviola es un demonio que
enloquece a las defensas, confía en su gambeta y define incluso si llega a
toda velocidad.
No
hay que darle dos centímetros porque Saviola, en la corta o en la larga, es
un peligro. Caso raro si los hay. Tiene cosas de Orteguita (el atrevimiento
de su gambeta para adelante, por ejemplo) y otras muy propias, como esos
frenos furibundos, desde uno y otro costado, que dejan parado al defensor
que se le cruza en el camino.
Aparece por ráfagas y se desespera cuando no entra en juego. Pero, en lugar
de ubicarse entre los centrales rivales, se tira atrás y ahí River paga
por dos razones. Como Saviola no es ningún tonto con la pelota, entonces
naturalmente pasa a asumir -sin darse cuenta- el rol de conductor. Y choca
con Aimar. Como los dos intentan trasladar, se terminan encimando. Y la
manija no es de uno ni otro. Ahí aparecen, alternadamente, Gancedo y hasta
Astrada, quienes se ven obligados a improvisar en una posición que no es la
de ellos.
Además con Saviola retrasado, River queda rengo arriba. Está bien, al
estacionarse sólo un punta arriba hay más espacios para la proyección de
los laterales y de los volantes. Pero no es lo mismo. Una cosa es que Angel
tire una pared con Saviola y muy distinto es que su socio en los últimos
metros sea Lombardi o Placente.
Ni que lo empujen.
Otro punto a favor de Saviola: le pega como los dioses. Generalmente, los
rapiditos se distinguen por sus quiebres de cintura, pero tanta velocidad
los desestabiliza en el momento de patear. Bueno, no es el caso de Saviola.
Que compensa rapidez con habilidad. Y, extrañamente, no pierde precisión.
Ni aun con uno o dos roperos encima. ¿Cómo lo logra? Porque mira la pelota
y no se deja llevar por la ansiedad. Escena común en un delantero: llega
exigido con la marca, a mil por hora y sin espacios. ¿Qué hace? Se saca la
pelota de encima y, en vez de pensar en cómo entrarle, está mirando a
dónde la va a poner. Saviolita, en cambio, le clava los ojos al piso. Algo
parecido hacía, en los años setenta, el Pinino Mas. Otro estilo, claro.
Más potente, aunque siempre con la mirada en los cordones del botín.
De derecha mata y de zurda también. Y no tiembla frente a los arqueros. Le
hizo goles a Chilavert y a otros con chapa. Definiendo a los rincones o,
como anoche, arriba y con la pierna cambiada. Un punta lindo, el pibe. De
los que se burlan de la táctica y de los esquemas cerrados. Menos mal que
su raza no se extingue así nomás.
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