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"Sé
que si pierdo la
humildad, lo pierdo todo"
En
aquellos largos viajes
hacia la iglesia, no
imaginó que la vida le
pudiera ir tan bien. Ni
tampoco que aquella
felicidad le iba a traer
tanta desgracia. En esos
largos trayectos -dos
pesadas e interminables
horas y media de coche
desde el centro de Buenos
Aires- nunca
iba solo. Cacho y Mary
jamás lo dejaron solo
porque jamás ha dejado
de ser un niño. Valga
una fortuna como sucede
ahora o cuando era un
diminuto chaval que
pateaba las calles del
boanarense barrio de
Belgrano. Hijo único,
ochomesino, a quien le
costó arrancar en la
vida por una prematura
enfermedad, Javier iba
siempre feliz camino de
la iglesia. "Creo
mucho en Dios, soy muy
religioso. ¿En el
destino? También. Creo
que existe un destino
para todos".
Si es así, el suyo
estaba escrito antes
incluso de nacer. Una
pelota en sus pies y un
universo de ilusiones a
sus espaldas. Como tantos
y tantos niños. Miles,
millones de ellos
persiguen ese sueño,
unidos por un invisible
hilo que camina de
generación en
generación, en cualquier
lugar del planeta. Javier
era uno de esos, uno de
tantos. Su vida se
reducía a un balón -era
blanco y azul el primero
que le regalaron cuando
tenía un año-- y a
aquella calle Dragones en
que llenaba de ilusión a
sus padres. Sin saber que
ese destino en quien
tanto cree le había
confiado una misión de
proporciones gigantescas
para un joven que acaba
de cumplir 20 años.
Devolver la alegría al
Barça, un club que
parece haber perdido
incluso su identidad en
el convulso tránsito
hacia el nuevo siglo.
Pero antes de acometer
tal misión, otro golpe
del destino -ahora
cruel-- ha dejado
huérfano a Javier. Justo
cuando creía haber
descubierto el paraíso
europeo, Cacho no puede
estar a su lado. Ahora no
son tres los que van a la
iglesia. Sólo dos van
ahora a la iglesia. Mary
y Javier.
Y
en la vida de Javier nada
es igual, desde que hace
seis meses tomó asiento
en una silla de un
hospital de Buenos Aires
para sufrir la agonía de
Cacho.
"Mi
padre fue alguien básico
en mi carrera. Siempre lo
es para cualquiera, pero
si quieres ser un
futbolista debes tener a
tu familia apoyándote y
animándote. Todo resulta
más fácil ya que tienes
más confianza. No, no lo
he superado aún. Es muy
reciente. Todavía no. Es
una memoria eterna, por
lo que uno vivió con su
padre, que fue además
amigo, por lo que me
aconsejó y por lo que me
ayudó. Si sé lo que
pasó a Rivaldo".
El tono de la voz de
Javier es bajo. Ya es
tímido, pero cuando se
evoca la memoria de Cacho
su rostro adquiere un
aire trágico y
fatalista. Sabe lo que le
pasó a su compañero de
tridente. Otro joven que
también recibió un
golpe cruel del destino.
Cuando Rivaldo tenía 16
años, su padre murió en
un accidente de tráfico
y él decidió entonces
dejar de jugar a fútbol.
Pero su madre le
convenció para que
jugara. ¿Por qué? Por
la memoria de su padre.
No se sabe si Saviola
llegó a pensar en algo
así, pero la imagen en
que portaba el féretro
ocupó las portadas de
Buenos Aires y de
Catalunya.
"Sí,
yo también juego por la
memoria de mi padre.
Juego por él. A él le
hacía feliz que yo
jugara a fútbol. Siempre
me decía lo mismo:
"viéndote feliz a
vos, puedo pasar al otro
lado". Por eso, uno
juega más todavía por
la memoria de él y no
deja de recordar nunca
esas palabras. Si yo sé
que le hacía feliz, lo
voy a seguir intentando
siempre".
Una
familia rota emprende
hace seis meses el viaje
que tanto había soñado.
Camino de Europa,
convertido ya en un
ídolo en Argentina,
dejando atrás el barrio
y un país sacudido por
una crisis histórica.
"Ni
cuando tuve algo de
dinero quise irme de mi
barrio. Soy muy
familiero, necesito estar
con la gente de mi
barrio. Es verdad que si
arreglé un poco la casa
donde nací porque el
barrio es siempre lo que
me gustó y nunca lo
abandoné. Ahora es la
primera vez que estoy
fuera de allí. Claro que
echo de menos Buenos
Aires, lo añoro
muchísimo. Uno siente
mucho el lugar donde
nació, donde vivió toda
su vida. Es normal que
ahora lo necesite, no? Es
penoso lo que se está
viviendo en mi país, un
lugar tan bonito como
Buenos Aires que lo tiene
todo y se encuentra así.
Ves a tus amigos que no
tienen trabajo o la
familia que no llega a
final de mes. Cuando
hablo con alguno de
ellos, me cuentan lo mal
que están. Eso nos pone
muy tristes a todos los
argentinos. Y uno siente
pena, mucha pena porque
un país que fue toda una
potencia se ha venido
abajo en unos años. Vas
por la calle y da pena
ver a la gente pidiendo
plata, robando para poder
darle de comer a sus
hijos. Es todo muy
feo"
Javier
se siente un
privilegiado. Siempre lo
ha sido. Hizo lo que más
le gustó: jugar a
fútbol. Lo único que
supo hacer ya que ni tuvo
tiempo de plantearse otra
cosa. Estudió poco
porque a los 16 años
estaba a punto de debutar
en Primera División con
el River Plate y con 20,
justo cuando la mayoría
de los adolescentes
argentinos no saben que
será de su vida, él la
tiene garantizada. La
suya y la de su familia.
"Para
mí, uno nace futbolista.
Nace jugando a fútbol.
Yo, por ejemplo, sigo
haciendo lo mismo que
cuando estaba en la calle
dragones con mis amigos o
cuando estaba en las
inferiores de River. Es
verdad que tú puedes ir
perfeccionando poco a
poco tu fútbol y
aprender trucos, pero
cuando uno es chico ya lo
tiene casi todo. Sé
además que si pierdo la
humildad, lo pierdo todo.
Uno debe tener los pies
sobre la tierra, saber
realmente lo que es y en
ningún momento subirse
arriba. Siempre debes ir
con humildad, buscando
progresar y estar, sobre
todo, muy centrado ya que
cuando eres tan chico y
ves tantas cosas a tu
alrededor, debes tener la
cabeza muy fría. Es
cierto que todo vino muy
de golpe, pero tienes que
estar mentalizado para
saber en el lugar en el
qué estás. No es nada
fácil. Si uno con esta
edad se estanca, se queda
ahí. He visto a muchos
compañeros que eran
mejores que uno o tú
pensabas: "éste
llegará incluso a la
selección nacional. Es
un jugador
buenísimo". Pero
luego se han quedado en
el camino. ¿Por qué?
Por muchas cosas.
Necesitas ambición,
confianza, saber lo que
quieres y si sientes
realmente el fútbol,
volcarte en él. Y,
claro, el golpe del
destino"
El
destino. Siempre está en
su cabeza. A la edad de
Javier, Ronaldo ya había
sido elegido, por
ejemplo, el mejor del
mundo. A la edad de
Javier, Ronaldo dejó de
ser un futbolista para
convertirse en una
multinacional, rodeado de
ejecutivos y asesores
más que de jugadores o
amigos. Fue un puro
negocio publicitario,
mediático que casi
terminó con su carrera,
apenas recién iniciada.
Y justo ahora, Javier se
enfrenta a una situación
similar, sometido a una
guerra de intereses que
van más allá de lo
puramente deportivo.
"Soy
una persona tranquila,
sé que es difícil serlo
en el mundo en que vivo.
Pero trato de tomármelo
todo con la mayor
tranquilidad posible
porque si no uno se
volvería loco con tantas
cosas que le rodea. Sólo
quiero pensar en entrar
en el campo y divertirme,
aunque para eso deba
poner a gente que me vaya
aconsejando. Así uno no
tiene tanta carga sobre
todo eso. Aunque esto no
quiera decir que no me
entere de lo que pasa. Al
contrario. Soy también
una persona ansiosa, que
le gusta vivir todo lo
que le está pasando,
pero sin darle mayor
importancia a las cosas
que comenta la gente. Sé
que es un tema difícil y
sólo con el paso de los
años se sabrá si fui
absorbido por la prensa,
por los intereses o por
la gente que quiere sacar
otro beneficio de ti.
Acá no es sólo entrar
en un campo, jugar bien,
intentar marcar goles y
luego desaparecer. Nos
guste o no, acá hay
otras cosas."
Quizá,
por todo ello, ha perdido
incluso la inocencia. En
el campo camina más
rápido que nadie, con
ese descaro juvenil que
preside su fútbol, pero
fuera se vuelve más
precavido. Más prudente.
Cuando alguien se le
acerca, intenta hacer un
retrato no sólo físico
sino de su personalidad y
de lo que está buscando.
"Es
verdad. Uno acaba mirando
la cara de la gente
cuando te viene a
saludar. Al principio no
era así. Entonces, no
había ningún problema
con nadie. Nada más
empezar a jugar a
fútbol, o eso me pasó a
mí en el River, te
abrazabas a todo el
mundo. Por ahí, eres
inocente y te abres a
todos. Pero cuando van
pasando los años, vas
mirando con quién
estás, cómo estás y lo
qué quieren de ti.
Inconscientemente, te das
cuenta donde está el
camino correcto. ¿La
inocencia? La pierdes,
claro. Sobre todo fuera
del campo. Tienes que
perderla. Sí o sí. Si
no la pierdes, te matan,
te devoran porque todos
los días te encuentras
con gente distinta, que
viene ofreciendo negocios
distintos y debes estar
preparado para todo".
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