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SAVIOLA, EL ÚLTIMO PIBITO
Buenos Aires
Miércoles.
Hay que ir a ver cómo se entrena
Javier Saviola. Todo
Buenos Aires habla del pibito.
Hace un año que debutó en el
River Plate, que Ramón el
Pelado Díaz echó mano de
él allá lejos, en Jujuy, ante
el Gimnasia Esgrima. Fue
su debut en Primera con 16 años.
Se lesionó Christian Castillo,
saltó Saviola y
revolucionó el partido. El River
lo tenía perdido y el pibito no
tardó ni diez minutos en marcar.
Empataron a dos. De eso hace
justo un año. Aquel 18 de
Octubre de 1998 se encendió el
semáforo verde de otra de esas
carreras vertiginosas que amenaza
con arrollar a un niño cuya
mayor ilusión, hacerse una
fotografía con Burrito Ortega,
hace ya varios años que se
cumplió siendo él el pibito, el
alcanzapelotas de la cancha del
River. Conserva aquella foto,
como hace Guardiola con
aquella en la que aparece
felicitando al fornido Víctor.
Miércoles. Díaz, como
tantas otras veces, cierra las
puertas a la prensa. Sus chicos
se entrenan en secreto en el Hindú
Club, un club privado con
campo de golf incluido que hay en
el barrio de Don Torcuato,
muy lejos del centro.
"No
quiero moverme de Argentina de
momento.
¿Europa? Es el sueño de todo
jugador"
Un cuerpo de
seguridad demasiado fornido como
para bromear te da una
acreditación pero te mantienen
junto a la gasolinera, en la
calle. A la una del mediodía te
vienen a buscar. "Ya
pueden entrar". Y
entras en el parking , donde
persigues a los pibes y a las
estrellas consumadas. Que se
paren o no, depende de ellos.
Cara de
niño.
Aparece el pibito y, en efecto,
es un niño, con cara de niño,
vestido de niño, a quién apodan
conejo. Sin móvil, sin coche,
sin carné de conducir. Va
pegadito a Leo Estrada.
Me presento. Me atiende a la
carrera. Sólo pestañea cuando
oye el nombre de Barcelona. "Hoy
no puedo, hoy no puedo, lo
siento". Lo he
perdido. Seguro. Mala suerte. Ya
dentro del lujoso todoterreno de Astrada
me grita. "Venid
mañana a la cancha del River,
tal vez pueda". Le
he perdido. Jueves. Estadio del
River. Majestuoso y caótico.
Papás y mamás vigilan a sus
hijos que juegan en equipos
alevines, infantiles, juveniles,
a fútbol, a hockey, hacen
gimnasia y básquet. Es la
Disneylandia del deporte. El caos
aumenta por
momentos. Díaz le ha
lanzado un pulso al club, quiere
hablar de su renovación ya mismo
(Carlos Blanchi acaba de
renovar por Boca) y a David
Pintado, su presidente, le
ha sentado muy mal. El
periodismo, como llaman aquí a
la marea de muchachos que viven
en las catacumbas de los estadios
, busca la opinión de El pelado.
Van apareciendo unidades móviles
de televisión. El vestuario
local tiene una puerta diminuta,
que da a un angosto pasillo.
Frente a ella, tras las vallas de
obra que acaban de colocar unos
seguratas, hay apostados cien
periodistas, cien, doce cámaras.
Saldrá Díaz, detrás el
pibito y yo voy a perderlo. Todo
mi gozo en un pozo. Lo presiento.
Sale Díaz. Lo paran. Sale
Saviola. Salta la valla y
se escapa por los pasillos,
mientras 20 pibes, con camisetas
de Maradona o con leyendas
de "100x100 animal" o
"Director de la banda",
le piden autógrafos, se hacen
fotos con él, todas movidas,
irreproducibles. Corro junto a
él. Le recuerdo mi cara.
Entramos a la carrera en el
parking, me coge del cuello, abre
la puerta trasera de un Toyota
Camry donde suena Gloria Estefan
a toda potencia, me empuja hasta
dentro y Saviola grita
desesperado: "Arranca,
pedro, arranca". Me
acaba de secuestrar el pibe de
oro, el pibito. "Señor,
-dice Pedro Sarabia,
defensa paraguayo del River, que
es el piloto del carro- va
usted en compañía de superpibe,
viaja con el gato".
Junto a Sarabia está, en
el asiento del copi, otro
paraguayo, Nelson Cuevas,
delantero, que dice ser amigo de
Miguel Ángel Benítez. Gloria
sigue envolviéndonos con sus
cánticos y , de pronto, el
Toyota, cual Ford Falcón
policial, nos escupe ante la
puerta de una modestísima casita
de Bajo Belgrano. En la puerta un
azulejo: "Dragones,
1880". Saviola mete
la llave en una puerta de
hojalata mientras pide disculpas
porque están haciendo obras. En
la puerta, un pequeño y
nuevecito Peugot 206, un regalo
que acaba de hacerle a su madre, María
Antonia, con su primer
sueldo. Dentro, en el pequeño
patio, se acumulan los escombros.
"Mamá me merecía una
bella cocina ¿o no?",
dice. Por supuesto. Mamá hace
unas sabrosas escalopas que Saviola
y su amigo pablo Cesar Aimar
(por cierto nada que ver con el
técnico Carlos Aimar) se
comen en la víspera de cada
partido. Papá Cacho está
sentado en una mesa tapada con un
hule rojo, chillón. Parezco el
perro faldero de Saviola.
El pibito saluda con un enorme
cariño a su padre. Le da un beso
en la mejilla mientras acaricia
su arrugado cuellos. "No
podéis imaginaros, papá, el
lío que había hoy en River.
"¿Lío?",
pregunta Cacho. "No
sé, parece que ocurre algo con
el mister". Parece.
¡Dios!, había cien periodistas,
por poco le cambian el mister y
el pibito está tan tranquilo.
Nos sentamos en dos sillas
tapizadas de plástico. "Le
dije que le atendería y acá
estoy". Ya ven,
igualito que nuestros chicos
multimillonarios. Hablamos de su
vida. "Todo está
pasando demasiado rápido, pero
yo vivo tranquilo, protegido por
los papás, estudiando en el
Instituto del River, mejorando
paso a paso, como persona y
jugador. No quiero moverme de
aquí, de momento. ¿Europa?. Es
el sueño de todo jugador
argentino. ¿El Barça? ¿El
Inter.? No importa, cuando sea,
que sea un grande".
Con su primer
sueldo le compró un coche y una
cocina nueva a su madre
El futuro de
Argentina
Saviola es, como Aimar
y Riquelme (Boca), la base
de la selección del 2000, que
busca el oro en Sydney: "A
todos nos gusta acariciar el
balón, amarlo y hacer un fútbol
bello. "Queremos jugar
lindo". Dice que
jamás renunciarán a eso: "Odio
las brusquedades tanto como las
matemáticas". Su
nombre resuena a menudo en las
gradas del Monumental. ¿Qué
sucede entonces en ese
cerebrito?. "Cada vez
que oigo ese cántico no sé
donde meterme. Me gustaría
esconderme. Me encanta, pero
¡soy tan joven!. Pienso en lo
que debía de sentir Enzo
(Francescoli, el mito del River)
cuando yo coreaba su nombre en la
platea de San Martín".
Saviola teme a los
aduladores: "No son
buena compañía. Suelen
provocarte problemas. Eso se cura
teniendo a mis papás de mi lado,
estudiando, viviendo con
sencillez". No
quiere que le comparen con Maradona.
"No habrá otro como
él". Regresa papá.
Le presenta a un primo del que no
se acuerda. Me acompaña a la
calle: "Hágame un
favor, si se acuerda, envíeme
una nota". Antes de
despedirme le pregunto cómo le
gustaría ser recordado.
"¿Cómo?. Fácil: como un
jugador sencillo y, sobre todo,
como una buena persona".
Saviola. Un niño grande.
Un jugador inmenso. Esperemos que
no lo estropeen el Barça, el
Inter o cualquier otro.
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